Hablemos de tiempo
Gestos. Ese es el secreto. “El físico atrae, pero la personalidad enamora”, tremenda memez. Basta uno para captar la atención. Un detalle o una costumbre, sólo importa la naturalidad del mismo. ¿Miradas y sonrisas?, se lo dejamos a espejos y cómicos, seamos originales.
Imaginemos: Elegante dulzura vestida de rubia, sencillo continente, descarado contenido; no requiere atención, pero aprecia una buena estrategia. Conoce el juego y este la respeta, no necesita banda sonora para ser recordada.
En mi búsqueda fetichista me fijo en su muñeca. Decia Nietzsche que “el estilo nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme”, y esa forma de llevar el reloj le daba la razón. Correa de cuero que hace el trabajo de una tímida esfera escondida al interesado público. Sólo para los ojos de su dueña, era la envidia del local.
Con el aliciente definido y un par de muecas maquilladas con complicidad y desafío, imploro la excusa disfrazada de momento; suena “Clocks”, y bendigo al hedonismo con el que nos puede sorprender el destino. Comienza el baile: presentación formal, toca tantear y desmitificar al primer paso.
Sugiero hablar del tiempo, y antes de que caiga en la trampa de la ambigüedad, la pregunto por su Elephant. Se aferra a la trivialidad, pero es de las que cuida todos los detalles. Una vez atravesado el muro, todo sigue su curso; la atracción evoca una magnífica conversación de la que ninguno pretende despegarse. Ella mira la hora con desinterés, sabe que cada giro de muñeca me recuerda el motivo por el que estoy ahí.
Como toda gran historia, la paradoja también exige su parte protagonista. Lo que el tiempo me ha dado en forma de preámbulo, me lo quita haciendo lo que mejor sabe hacer: no detenerse. No hace falta más. Deja de fantasear. El tiempo no se pierde, se luce, y ya que observas impotente como corre, al menos ponle un buen calzado.

 

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